José Trigo, publicada originalmente en 1966, inauguró la colección «La creación literaria» de la editorial Siglo XXI, por la que discurrirían Manuel Scorza, Alejo Carpentier, Paul Claudel, Felisberto Hernández, Pedro Mir, Julio Cortázar, entre otras voces centrales de la literatura latinoamericana.
La novela de Fernando del Paso estructura un espejo de nueve capítulos en el oeste y nueve en el este para rondar obsesivamente el barrio de Nonoalco-Tlatelolco, en la Ciudad de México. Y ambas alas sobreapalabradas están conectadas por un puente, capítulo gozne impreso en cursivas, subtitulado «(Parte intermedia)», y momento de transición mágica del oeste al este novelístico que Altura desprendida reproduce a continuación, a manera de modesto asomo a la resonancia radical de una de las obras fundamentales de la historia poética latinoamericana.

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Comencé con una flor. Flor de oro, crisantema, flor de oro en rama dorada que como muérdago enlaza a todos los árboles y a todas las leyendas del mundo, porque árboles son el Pino, el Naranjo, el Fresno y el Cedro, y aquí tienen sus leyendas, aquí en Nonohualco, en Nonohualico, el lugar habitado, todo junto a las aguas. Estaba yo deshojando las palabras cuando vino a mis hombros el sinsonte de las cuatrocientas voces y me dijo que éste era el libro de los sueños y que él me llevaría, convertido en los trece pájaros de la luz diurna, por los trece cielos del mundo. Y transformado en los nueve señores de la noche, por los nueve infiernos del inframundo. Y entonces yo abrí el libro y vi. Y lo que vi lo cuento con sólo mis palabras, y con nada más que mis palabras.
Vi primero que el sinsonte era Nance Buenaventura, y que Nance Buenaventura arrancaba una palabra del árbol de la vida una noche en que subía de la faz de las aguas el amargo olor de las flores de muerto. Los niños dormían y soñaban góndolas cargadas de nieve y los trenes corrían por los rieles de madera y tocaban sonajas de niebla y los perros ladraban a la luna porque la luna tenía cara de conejo: con un cráneo de conejo le golpearon el rostro. Y éste era su cielo, el cielo de la luna que el Señor hizo para los tiempos. Y el balasto eran piedras de diásporo. A Buenaventura, que tenía espíritu de adivinación, le vino palabra de Dios y dijo: Mira cómo allí la flor, de donde vienen la música y el canto, se deshoja aquí, en Nonohualco de donde todos venimos y sus pétalos se transforman en corcovados y enanos que bailan en honor de la reina de las flores, princesa del quetzal, patrona de las rameras. Y vi, y no lo olvidaré, cómo en este palacio de los setenta y ocho templos las mujeres inventaban el arte del tejer y del hilar. Era el mal tiempo, aunque tiempo de la serenidad, y Nance Buenaventura danzaba rodeada de teas luminosas mientras los hombres golpeaban a las mujeres con costales llenos de papeles de colores. Los papeles revoloteaban como pájaros, y los pájaros, al cruzar el cielo de cristal, caían decapitados. Esto era en los días en que Nonoalco y Tlatelolco vivían seguros, cada uno debajo de su parra y debajo de su higuera. Entonces me dijo Nance Buenaventura: siembra ahora el trigo y cuenta los días; dorado estará, maduro, cuando cuentes la historia de un hombre. Y yo vi al hombre, vi a José Trigo que me veía desde la eternidad, desde nunca, desde siempre, y vi que por tres veces miró a Eduviges, la princesa-flor que vino del país de la niebla. Mas el sinsontle que para mi buenaventura me encontré ese día, o esa noche, me llevó en sus alas al cielo donde las estrellas estaban intactas. Gallina de piedra preciosa me vino a recibir, pavo de excrecencias azules sobre el cuchillo del sacrificio, sobre el pedernal que enciende el agua preciosa. Vi entonces a Luciano, el negro y oloroso, que tenía un gorro de piel de tigrillo y un cinturón de estrellas. En la mano había un cetro de caña. Flor, mientras tanto, Crisantema de siempre, por ella corrían los trenes transparentes, se mataban más pájaros y el ave de la lluvia, ave del señor de la casa de turquesas, me miraba con sus ojos de espanto. Un zorrillo saltó, lanzó su orina al cielo, y apareció el arcoíris. Y tras un cerco de juncos, un sacerdote antiguo se arrancaba un ojo. Estaba allí Genoveva, salida de la espuma, y veía orinar a Manuel Ángel, lo veía desde sus ojos. Todo esto sucedía en el Oeste, donde viven las mujeres divinizadas. A mis oídos dijo sinsontle: esto es la resurrección, esto es el dios del fuego: el viejo Todolosantos vuelto llamas, la matanza de las aves. Y luego nos quedamos callados por cinco días que conté con los dedos. Llegado a mí, estábamos en la casa, en las fauces del tigre, en la oscuridad y junto al brasero, y allí los cuatro sabios inventaban los tiempos. Con la voz del cenzontle hablaron, con la voz del Nanancen Buenaventura que vestía saya de aguas de maravilla y palabras de ostentos, tanto que me hizo preguntar: ¿Cuándo será el fin de estos prodigios? Y cuando todos a una bajamos a los bosques, en la noche, me contestaron que sería por un tiempo, tiempos, y la mitad de un tiempo. Ellos, que lo sabían muy bien. Porque para esto, aunque estábamos en el cielo del sol, ya el animal de los cuchillos, jaguar de la tierra, se había tragado la luz y estábamos todos tan tristes, y escondidos también. Claro, el eco acrecentaba nuestras palabras; claro, retumbaban ellas en los montes, y en la tierra se sacrificaba a los niños: era el mes de la carencia de agua, del agua azul. El tigrillo con la diosa de las inmundicias: de su nariz brotaban llamas, los pequeños dioses de la lluvia rompían sus alcancías para hacer tronar al trueno, y con puñales sin filo nos despojábamos de nuestra piel. En la ciudad de Nonoalco, nación que servía al palo y a la piedra, los niños seguían soñando trenes que cargaban montañas de espuma. Luciano allí, con su camisa labrada y su escudo, joyel del viento, al frente de sus hombres enseñándoles cosas. El sintsonte y yo quisimos volar de nuevo: cometas que fuimos, estrellas con estelas de plata, hasta llegar al país del águila, del guerrero esplendor, rojo de agua preciosísima y donde nuestro señor el desollado, bebedor nocturno, se desvestía la piel de siempre, su máscara de pelleja humana, su gorra puntiaguda de cintas ondeantes, su codorniz de grises, para vestir la piel de aguasmarinas, el chaleco de rocío. Era la primavera, y los genios de las plantas y los árboles se sentaban en bancos de cal y de pasto para hablar con las hojas y las raíces, para saludar a las espigas, para biendecir a las mazorcas de oro. Vi allí a la flor que llegó cuando las aguas, a la flor-girasol muy querida, Eduviges de siempre, aunque así se le vea hoy tan menos en este Campamento Oeste. Con palos de sonajas los dioses sembraban el grano. Danzaban tallos y ramas. Manuel Ángel cazadorcito, espejo humeante, lo vi allí: y se raptaba a la hija, a la esposa del señor de la lluvia que para siempre se quedó llorando. Brillaba en el cielo el lucero diurno, porque era su cielo y el cielo de los cometas. Sembré entonces otras palabras. Las dejé aquí, las dejé allá, en el Peral, en el Níspero, en el Sauce. Pero salió sin saber de dónde, de entre quién sabe qué, la iguana piel de la noche, lagartija alborotadora del miembro viril, y atrás de ella el coyote viejo, danza que danza, y alrededor de él revoloteaba un pájaro turquesa. Mas este pájaro no era el sintsontle de las cuatrocientas voces, Nanche Buenaventura, que me dijo cuando me vio: estamos en el verde, en el verde y en el azul. Y vi, sí, que así como sus ojos eran verdes, sus plumas azules, verde era la tierra y azul el cielo. Los trenes pasaban, a lo lejos, como siempre, y corrían sobre rieles tendidos en camas de hornablenda. O tal vez de berilo, de oropimente. La que carga el escudo estaba en una montaña blanca y hasta ella llegaba el que vino a ser el mayor entre sus hermanos: Leandro, y con él el muchacho que comería mantequilla y miel. Allí se inventaron las cosas, los nombres de las cosas; allí con sus abuelos el niño las inventaría, las habría de soñar, allí con el pueblo cuya cabeza y cola, rama y caña serían cortados en un mismo día. Ah, pero el coyote viejo, fuego y sol, se burlaba de todo. Aparecieron los músicos, y tocaron, y bailaron. De todos modos de la raíz de la culebra saldrá áspid y su fruto será serpiente voladora. Ayunemos corto, me dijo Nanche Buenaventura, bueno será atraer a la lluvia. El viento, sin embargo, fue el que vino, el viento que barre los caminos de los dioses de la lluvia. Luciano levantó su báculo pintado con estrellas y siente vientos se dejaron venir y aparecieron los hombres, y los nombres. Ordenamos entonces los días, y contamos los sucedidos. Los de Nonoaltepec, los de Xatelolco, los de los trenes que no hacía sino un cielo iban sobre el balasto de zafiros. Se apagó de nuevo el sol, los vientos lo apagaron, y nosotros nos reunimos en la casa de la abuela de los baños con los cuatro dioses que durante seiscientos años no habían hecho sino hacer nada. Junto a Luciano, de labios rojos, junto al barbado negro y amarillo, danzaban los monos, los monos de la risa que en eso estábamos todos convertidos. Sí, allí vi a Luciano, en su casa redonda, lugar de la quema, en su templo a donde veníamos a dejarle frutos como esferas. ¿Y quién sino él, el viejo Todolosantos, azul de costumbre, cojo y zurdo estaba viéndonos? Se quitaba una piel y se ponía otra, se quitaba otra y se ponía la de más allá. La abuela tomó la palabra. Nos habló de quien ya sabemos. Dulcenombre fue el suyo, y sus pechos frutos incircuncisos por tres años. Ah, sí, la vimos con la cabeza llena de ceniza, vestida con todos los colores del paraíso y abominada en su desnudez descubierta. Guadalupe, así como se le ve aquí, tan desmedrado, y la quiso tanto. No hay que olvidar que aunque éste es el cielo de las tempestades tenemos los pies sobre la tierra, me dijo Nananche Buenaventura. Y sobre la tierra van los trenes. Y aquí están las fábricas, de cristal son sus muros, el humo es apenas un saber decirlo. Las doncellas llevan mazorcas. En las casas se levantan altares. Yo me comía las palabras. Sí, en el árbol quedaron rebuscos. ¿Qué dijo el sintsontle? Que vayamos, como fui, con los señores de la noche que no quedaron rezagados. Aquí los pájaros del día para ascender, allá ellos para bajar. Allá ellos. Yo, en lo que puedo contar como tú, Nanantzin, vi el principio de todo: un largo lagarto, un caimán o espadarte erizado. Y vi a su dios, regente de su vida: dios ígneo, disco de oro en el pecho, príncipe de nuestra carne. ¿Qué más que no puedas contar?, me dijo Nanantzin. Luciano con la Flor del Mundo, él y ella desnudos del ombligo arriba, se daban un beso y nacían los hombres. Él y ella, con la tierra a la cintura, brincaban como gorriones. Sonajas sonaban, atabales. Él tenía su corazón en la mano derecha, él dejaba sus cuatro casas: la casa de turquesas, la casa de corales, la casa de caracoles, la casa de plumas de quetzal. Porque aquí en Nonohualtepec hubo la casa de madera, y aquí Luciano fue un varón conforme al corazón de Dios y sus hijos saetas en manos del valiente, por su juventud de alma. Blanco es el cielo, blanco todo lo que vemos, me dijo Nanantzin Buenaventura haciendo nevar las palabras: blanco albar el balasto de nieve, blanco argentino el humo de los trenes, blanca el alma que debe ser para que veas: sí, estaba resbaloso el mundo, los mandamientos eran en Luciano como frontales entre sus ojos, y vi que hacia el mar y hacia la isla del sol se tendía un puente de tortugas y ballenas. Entonces bajaron los músicos, y sus voces eran tantas como las voces del cenzontle. Saltó de allí, de por allí, muy cerca, un conejo blanco, y mamaba leche albugínea de una mujer con cuatrocientos pechos. Era un licor dulce, sembrado de flores y regado con mediaslunas. Pero dentro del conejo, dentro de su piel, estaba el hombre del espejo que llegaba al cerro de Onohualco, donde vivió la gente, y le decía al del ojo estelar en la coronilla: vete en este espejo. Y lo conviddaba a beber, y lo embriagaba. Estos dos eran nada menos que Manuel Ángel y Luciano, que así como se les ve de pequeños en este gran mundo tenían lo suyo, según me dijo Nananche Buenaventura, y era para dar risa porque estábamos embriagados de palabras y reíamos con la risa del conejo. Nada vale nada de que no se carcajee el coyote burlador. Y vi a una serpiente de sangre, y encima una tortuga, y encima una planta de abanico. Ah, viento de la noche, mancebo, enemigo, tú el largo en dar y en conceder: ¿qué le hiciste al gemelo precioso? Veamos: como éste es el cielo amarillo, de oro es el balasto, blondo es el granizo y nuestras penas están amarilladas. En lo alto tenía una caña, la del juez, la del juez enemigo de la muerte, y con los ojos vendados echaba al mundo su decir. Humo brotaba de sus muñones, dios cojo que perdió un pie entre las estrellas. En la cueva roja nos miró: con sus cuatro doncellitas que tanto lo estaban queriendo. ¿Ves?, me dijo el cenzonte. ¿Ves?, me dijo Nanche, madre, madrecita Buenaventura: aquí Manuel Ángel, que levantó el cielo, pasea en las noches con sus acompañantes, va hacia el Norte, hacia el sol, toca su flauta de cuerno de venado y la rompe, la rompe en las gradas. Mientras con su instrumento mirador ve ya cómo se va perdiendo, cómo se ha de perder el que yo te diré y en barca serpientes se irá después de cruzar los nueve ríos o los nueve mares. El oscuro, el nocturno lo sabe, lo retesabe. Y entonces Nanchi Buenaventura, que se alimenta con corazones de ciervos, se olvidó de mí, y yo me olvidé de decir lo que debía para irme en un canto de otras cosas. El ciervo, pero no sin corazón, salió del negro y llevaba el sol en sus lomos y tras él venía el dios de la lluvia que se dejó venir también. En su cara se enlazaban las serpientes y todo era como un rayo de agua, o un río de luz. Saludé a los furgones, a los trenes, a las fábricas, a los templos, les dice cómo les va, cómo les viene, cómo les irá. Y todos se fueron apareciendo en el espejo que hace manifestar las cosas. Sintzontle-Sintzonte me dijo luego: aquí es donde está la dualidad de las cosas, donde verás que la canción no será canción. Porque, dijo Nananchi-Nanantzin, ¿quién podrá detener las palabras? Las palabras sueñan, porque ya otros hombres las soñaron y te las dieron así. Y mientras sucede aquí el pequeño festín de príncipes verás cómo los salineros danzan en honor de la diosa de la sal. Y vi a Genoveva, Genoveva de salnieve, que tanto quiso.
Para esto, habíamos dejado el Oeste, y estábamos en el Puente. El cielo era una garza azul: un ala hacia el Este, otra hacia el Poniente.
Y allí, a la hora del conticinio, con el cenit como coronilla de nuestra cabeza, con la profundidad abisal del mar en nuestros pies, inmensa soledad anfibia, fue cuando mi buenaventura me dio el don de la palabra.

Pero también me dijo, cuando pasamos al Este: concebiste hojarasca, rastrojo darás a luz, las muchas palabras enferman al hombre. Mira: la cosa torcida, lo torcido, haz de yerba que es signo de lo caduco y lo enfermo: no podrás con lo que dices, te tragará el viento. El censonte vino de nuevo a mis hombros, y con él llegué al gran cenicero de Xatilulco, y vi desde lo alto la Punta de Ailes o de Alisos, donde se perdió la ciudad porque estaba escrito que de ella se iba a raer el nombre y el remanente. Y por cierto, fue de noche, de noche fue reducida al silencio. Pero yo me dije: ¿comencé yo ayer, por ventura, a ser lobo? Y porque esto dije llegó de nuevo el dios del licor sembrado de flores y de nuevo nos embriagamos y reímos hasta morir de risa. Lo torcido fue, y el exceso nos ahogaba. Nariguera de hueso en forma de media luna tenía, yo lo vi. ¿Pero qué más se podía hacer bajo ese signo de la suerte mala? Abajo, en Xaltilulco, de lo que me apropié, montón de tierra bajo el cual se murieron las palabras, había gente zambra de gobernantes. Y las mujeres llevaban el cabello suelto. Censonte revoloteó y yo me fui por un tiempo y la mitad de un tiempo hacia atrás, hacia cuando era emporio de las naciones y luz de ellas. Encarnaban las flores y nacían los festejos. Llegaron de todos los rumbos los dioses de las narices torcidas, y los hombres tocaban a las mujeres. De nuevo, entonces, se me fueron las palabras hilvanando en un canto sin ton, en un decir sin son, sinsonte de las cuatrocientas voces. Por lo que fue templo edificado en siete años, por lo que fue porción de tierra para Dios, con veinticinco mil cañas de largo por diez mil de ancho, y por lo que fue, como dije, emporio, lo cantaré así como lo verás, me dijo Nance, Nanance Buenaventura. Sólo que luego todo, cuando volvió el cielo rojo, se coloreó de púrpura, de múrice. Era un perro rojo el que vi, y el que vio Luciano cuando salió de su casa, su casa de madera y conchas coloradas. Después el dios de los muertos lo siguió un trecho, un trecho así de largo; era una mujer con un seno, tenía la vulva ensangrentada, calavera sobre sus hombros, y la adornaban cinco banderolas. Allá lo saludaron los guardianes, allá abajo, abajo, que apenas se veían, y también eran rojas sus banderas. ojos y dientes dejaba ver la muerte en sus coyunturas. Allá irá Luciano, el que hirió a sus diez miles, me dijo Buenaventura, ven, vamos a verlo. Yo lo vi entonces, al que fundó la ciudad de los juncos, quincunce en el rostro, cómo iba con Manuel Ángel a la entrada de la diosa de la muerte y llevaba en la cabeza una vasija llena de cenizas que se transformaban en pájaros. Hacia el sol se puso en marcha, hacia la tierra roja y negra. Una mendiga estaba allí y bebía con los ojos cerrados. Manuel Ángel llevará en las manos un cráneo. Y Luciano morirá dos veces por culpa de Manuel Ángel, que se dejará venir sin sentir, como quien baja por el hilo de una araña. Estará la casa negra del Norte. Estará la casa roja del Sur. Y entre las dos se hundirá el sol. Empezaron ya, pensé, a caer los frutos. Testigo será el dios fuego, con la cabeza llena de excremento. Y los jóvenes subían a los postes en busca de insignias vueltas llamas. Al amarillo descendimos, a las amarillas altitudes, yo, Buenaventura, Nanche-Cinzonte y el pájaro del día y el señor de la noche al que le estaba tocando. Agua y cosa quemada, color azufrado, nos lamía las entrañas. Otra vez allí de nuevo para siempre estaba en el centro del mundo el dios que hace la miel espesa. Delante de él derramaban licor sembrado de flores, y era él como lengua de fuego, todos los espíritus y Todos los Santos, señor de las cuatro direcciones y sus palabras dardos azules. Verás allí a Luciano cómo cuando llegue al Oeste se despedirá de sus oficiales lapidarios que aprietan los dientes y se mueren de frío. Enanos y corcovetas, porque pequeños junto a él. He de volver, les ha de volver a decir, pero no serán palabras de verdad. Rodeado de un casi anillo, de un semihalo de huesos de muerto, verá a la luna, la luna aguadora con brillo de agua. En el Puente hacia el Este estarán las espantos, las que dan a los niños epilepsia. La luna será cargada por un conejo. Y escucharás el canto del caracol marino. Lo vi todo, pues, así como lo dijeron: vi al albino, dios de la obstinación, la ceguera y el frío, que se escondía entre las milpas y entre los magueyes, lo vi que por arte de magia se transformaba en pavo, en ajolote, en perro. Y en perro convertido lo vi acompañar a Luciano. Pobre Luciano, que ha de perecer en Tlapalla y se transformará en rimero de huesos. Con una tibia florecida como cetro dirá: qué viejo estoy. Y quemará su casa, agujerará la piedra con sus lágrimas. Cenzontle dijo: pero mira cómo se purifica. Y el cielo blanco, que era donde estábamos, se llenó de burbujas y espuma de jabón blanquísima. Era Genoveva, eran las mujeres todas que lavaban su alma y mis palabras. Pasará las dos montañas, las ocho colinas, el viento helado, los nueve ríos, y se perderá en la ribera del agua amarilla, dijo el Cenzontle, y se reía para sí mismo. Bueno, de la luna saltan nubes de humo y Manuel Ángel y Luciano se daban de coces y bastonazos. Pero la luna todavía no estará. Estará cuando el albino muera y al día siguiente lo encuentren cuando salga el sol. El fuego es el excremento, me dijo Buenaventura; y el fuego es el ciprés, y el ciprés es la muerte, el regreso, las flores que nacen. Barramos toda esta basura, basura de palabras, dijo el sinsonte y escoba en mano armó una de las tempestades: El viento barría los rieles, los llanos, las yerbas. Y el jaguar vomitó al sol. Pero el sol apenas salió se volvió lluvia de fuego. Soñé que Bernabé el pirotécnico quemaba los huesos de su padre y los esparcía en cenizas. Se nos puso entonces la carne de gallina y nos volvimos gallinas, aunque cueste trabajo. Sólo que seguía el revoloteo de palabras, pero había que decirlas todas para refrescar la tierra, había que hacerla de bufones para quitarnos tristeza. Por el campamento estaba el viejo Todolosantos y zurraba, y un coro de enanas con cabellos largos hasta la cintura se burlaban de él danzando y llorando. Guerrera y paridora, Buenaventura tenía en sus hombros a un tecolote y sus cabellos volaban hacia todas las cardinales del mundo. Porque, me dijo, estábamos en el cielo de los vientos. Verás entonces cómo era yo cuando todavía lavaba mis pasos con leche, dijo la inmunda, la cochina, mientras las mujeres barrían las calles con escobas llenas de sangre. Su enagua era blanca y azul. Y guerreros fuertes como tigres, listos como águilas, hacían la comedia. En ese día cantarás acerca de la viña del vino rojo, y aunque yo diga que no quedaré viuda ni conoceré orfandad, verás que estas dos cosas me vendrán a un mismo tiempo, me dijo el cenzontle, y veremos cómo Buenaventura se amó con Todos los Santos. ¿Por qué si no cuando aparezca el buitre viejo se acordará de ellos? Viejo y calvo buitre, águila del collar que vi cuando bajamos al cielo de los verdes y azules. Tanto unos como otros. Pero primero al verde, cielo del Sur con el señor blanco que volví a mirar cuando de nuevo fuimos a la montaña alta. Y sí, porque puse mi rostro hacia el Sur, profeticé contra el bosque. Sobre el buitre revolaba una grande mariposa, vieja mariposa, falena alrededor del sol. Y los trenes, me dijo, corren por aquí en rieles tendidos sobre piedras de génuli. Me verás entonces vestida de brocado y calzada de tejón en mi tiempo de amores. Yo, la de las nueve estepas. Y así fue que en siete cuevas tuvo que habitar una vez que contaminó la tierra muchas veces; en cuevas allí donde la acacia está erguida. Y luego pasarán por nueve páramos hasta llegar al nono desierto de Nonoaltepec, aunque todo tenga nombres de flores. Pero, me advirtió, cuida que estamos en el Oeste, en Tlatilulco, en Tlatelolco, en Xatilulco, y las flores de palabras tartamudas que sembraste están ya bajo el montón de tierra que llegará a las estrellas. En aquellos tiempos lo he de llamar de nuevo mi esposo y nunca más mi señor. Lo que sucedió en las montañas entonces es que volvieron los dioses ausentes, es que los trenes corrieron por caminos de piedras de crisoberilo y de aguas celestes, y la que vino de la casa del descender, del lugar nueve veces enlazado con la niebla, diosa estelar, tendrá que irse. Por cortar las flores cayeron los dioses. Pero la acompañará su hijo dilecto, su nieto-hijo, su Luciano del alma, dijo el cenzontle. Y es que se enviarán contra ella los cuatro juicios terribles: espada, hambre, fieras y pestilencia. Del árbol partido en dos, junto a las garzas, como del árbol trunco de la casa de niebla y flores, vendrá, regresará Nananchen. Como de allí y de las montañas la serpiente cuya diosa es la de la falda de en aguas mansas pero que ondulan, nariguera azul de media lunecilla. Las nubes, que son el polvo que levantan los pies de Dios, se lloverán a cántaros, me dijo el cenzonte, el pájaro de las cuatro veces ciento voces, y verás de nuevo a Eduviges, que no es nada más sino ella, cómo arrulla al rodeado de agua, de palabras antiguas y distintas. El cielo donde estás de nuevo es el de los cometas y como cometas cruzan por la tierra las frutas y los peces. Éstas son serpientes de madera; aquéllas, figurillas de amaranto. Vi entonces cómo nacía el ahuizoton, cómo moría la vida y vivía la muerte, y lo diré con pocas palabras que se mueren más de años y otras viven de instantes. Es que después del diluvio se salvará la diosa de las flores, no habitará el Oeste, no: desembarcará en las montañas y tendrá muchos hijos. Pero mudos serán hasta que una paloma les diga de las varias y distintas lenguas. José Trigo, hasta entonces perdido tras todas las cosas, y nunca encontrado, pasará por el campamento. Encima llevará a la buenaventuridad de su desgracia y atrás de él irá el viejo, el que se hace el sordo y tiene todos los nombres. El que se nos hace que es colibrí de la izquierda con un soplo de sangre en la frente. Nunca fueron las palabras tan bellas para cantar al agua, a la muerte, a los girasoles. Los trenes estancados en el agua, el agua yendo y viniendo. Es éste, dijo Nananancen-Cenzinzontle, el paraíso de los que mueren por rayos, el cielo de los ahogados, los gotosos, los hidrópicos, y aquí también como en todas partes brilla el lucero de la tarde, la estrella de Luciano hijo de mis palabras. Otra vez en la casa oscura, aunque estábamos en el cielo del sol, vi cómo por culpa de lo que había llovido en la esfera de los cometas, el sol se volvía agua y nosotros nos volvíamos peces. En el lugar del eterno olvido, los cuatro dioses tomaron la palabra. Y vi más debajo del sol. Vi al dios de la lujuria, un mono que se reía del mundo, danza que danza. Y vi a Luciano que iba hacia la casa inclinada a la muerte. Y vi a María Patrocinio, nueva y otra señora de las flores. El dios de la riqueza estaba allí también. Su cuerpo era rojo y en su rostro aleteaba una mariposa. Buenaventura me dijo: aunque el Señor le dijo a Todosantos que le daría lámpara a él y a sus hijos eternamente, verás sin embargo que el dios juvenil, el cazadorcito, le dará muerte al mellizo precioso, al que amó a mujeres extranjeras. Entonces yo lo veré y seré testigo, yo que seré (me dijo y me dijeron los nueve señores de la noche, los trece pájaros del día) José Trigo: todo ojos, todo ver para creer. No podrá ser muerto el cazador, porque el que lo muera será siete veces castigado. Cinco rosas llovieron sobre los campamentos, cinco flores, y en los llanos aparecieron los bailarines, los coloristas, los artífices, los jugadores de pelota. Pero pronto la alegría se marchitó: los cuatrocientos sureños, los cuatrocientos del Norte se venían por entre los planetas y ahuyentaron al enorme pájaro-perdiz. Comenzaron los hombres a hacer armas: lanzaderas, tiraderas, macanas. Se abstenían de sus mujeres y Manuel Ángel se ventoseaba. Les haré comer ajenjo, les haré beber agua de hiel. Y si no fue que las estrellas vinieron hacia nosotros, fue que nosotros descendimos a ellas. Porque estábamos en su cielo, ahora en nuestro viaje largo por el Este. Lluvia llovía ahora, pero no de agua sino de fuego. Hombres vi que eran más que una bandera o un abeto y estaban ennegrecidos y no por el sol. Los inocentes vestían de blanco. El Ángel del Señor derramaba las copas de la ira y la tercera parte de las estrellas de la serpiente de nube blanca se venían al suelo. Mira, me dijo Buenaventura: es la fiesta de las banderas, se simulan combates, los astros en torneo juegan. Y me dijo más: ve, verás cómo José Trigo verá el rostro divino tres veces. Así como que ha de vivir en una caja de muerto, que se ha de esconder bajo los tiempos y se salvará sobre la mujer y se irá o no se irá para donde nunca se sepa, dijo Buenaventura, y puso su mano debajo del muslo, para jurar, y me dio un zapato en prenda de su promesa. Pero no era el zapato de José Trigo. Vi por último aquí, en Santiago Tlatelolco, cómo los guerreros del pueblo que hablará en lengua tartamuda celebraban el areito del culebreo y blandían antorchas y hachas de jade y serpentina. De las tres islas, como de las tres casas, salía una culebra y esta culebra arqueaba el lomo sobre los campamentos: era el Puente. Llovió entonces fuego y se acabó la ciudad. Pero, como estaba escrito, no murieron los padres por los hijos ni los hijos por los padres, mas cada uno murió por su pecado. Entonces, pregunté, ¿por qué se dijo también que no eres tú quien edificará la casa, sino tu hijo que saldrá de tus lomos? Porque será verdad, me dijo Nanantzen, Nanantzintle, Nanancenzontle Buenaventura, y con ella me bajé al cielo la luna, la del conejo. Y no vi al hombre que engañaba por todos lados. Pero ella me dijo como también está dicho: yo pongo mis palabras en mi boca por fuego y este pueblo por leña y los consumirá. Volutas floridas salieron de mi boca para cantar a lo que se mueve. De un árbol que crecía en el campamento corté entonces las palabras y los cantos. Era un árbol entre cuatro arroyos y tenía doce frutos. Era un árbol de la natividad. Era un manzano del paraíso. Era un árbol de ramas doradas. Era un árbol de Crisantemas. Salió entonces, del interior de la tierra, el perro escuintle, dios de los gemelos, con un ojo colgante. Buenaventura me enseñó la nueva ciudad, la alumbrada por el camino del sol: fundada sobre piedras preciosas. Y así como lo fue de tiempo antiguo como estanque de aguas, así lo será. Y así fue lo que miré con el espejo que está en la casa de ramos de pino. Sí, el tecolote cantó y la casa que fue muladar ya no será más. Este mes de la caída de agua, el de erigir postes y gallardetes. El animal relámpago se introduce en la tierra, me dijo por último Buenaventura, y ya las lágrimas no gotearán en Tlatelolco. Sólo me quedó el asombro, y me escondí en la cueva oscura de mi corazón, mi corazón que era movimiento y nido de hormigas, porque no tuve las palabras, las palabras tartamudas, el montón de polvo de palabras que se han de desmoronar cuando llegue el quinto sol de los temblores de tierra. Así estaba yo pensando cuando el cenzontle me dijo: pero siempre puede ser lo que será y ha de ser. Canta tú con tus palabras y cuando te pregunten quién te dijo todo esto, dijo el pájaro de las cuatrocientas voces, di que te lo contó un pajarito. El que tuviere un sueño, cuente el sueño, y aquel a quien fuere mi palabra, cuente mi palabra verdadera. ¿Qué tiene que ver la paja con el trigo? Por último los hombres, con la esperanza de un nuevo sol, con la desesperanza de una vieja noche, caminaban hacia el cerro que tiene el nombre de lo que quedó en mis manos. Porque yo me quedé entonces solo y callado para siempre. Nada vi. Nadie vino ya. Pero en mis manos tenía una estrella.

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Fernando del Paso (1935-2018) fue un dibujante, publicista, periodista, poeta, dramaturgo y novelista mexicano. Creador de una obra desafiante donde la monumentalidad y la decantación por el estilo barroco fueron eje de sus títulos centrales, en su novela debut, José Trigo (1966), tallereada por Arreola y Rulfo, hizo convivir el tiempo mítico, la herencia del México antiguo y la tensión política de la lucha ferrocarrilera de la década de 1950. Se granjeó algunos de los más importantes premios de la cultura literaria hispanoamericana, como el Cervantes, el Xavier Villaurrutia y el FIL de literaturas romances. Autor ineludible de la literatura mexicana del siglo XX, alguna vez aseguró que muy poca gente sabe que es famoso.
El texto reproducido en esta entrada fue tomado de la edición que el Fondo de Cultura Económica preparó en 2015, publicada en la Ciudad de México con un tiraje de 4 mil 500 ejemplares.
Todas las imágenes que acompañan esta entrada fueron tomadas del acervo digital del Museo de Arte Contemporáneo de Chile. La obra principal no lleva título y la elaboró Samy Benmayor.
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