El genio no es otra cosa que la infancia recobrada a voluntad
Charles Baudelaire
por Mariano Vespa
“Pese a las pequeñas e infrahumanas dimensiones dentro de las que se mueven las teclas, están no obstante al servicio de la libertad humana”, escribe el filósofo Vilém Flusser sobre la complejidad del acto de teclear, como dispositivo, como interruptor que permite escalas de expansión más allá de cualquier pretexto racional. Si el género biográfico, en palabras del historiador François Dosse, implica desde su génesis no tanto explicar una vida, sino un modo de vivir, considerar el genio de la pianista Martha Argerich (1941) supone un ensayo en sí mismo, una forma de tantear a ciegas —teclear o improvisar— en aspectos fundantes, epifánicos o incluso periféricos, muchos de ellos desconocidos. Cuando el periodista y documentalista Olivier Bellamy (Marsella, 1961) concibió el retrato de su amiga, el título asumió esa dirección: Martha Argerich: L’enfant et les sortilèges. La referencia a la opera de Ravel se funde con una escena infantil: un compañerito de guardería desafía a Martha, de tres años, a que toque el piano. Acepta el reto y toca una nota de una melodía que solía escucharse en su casa. Las maestras se lo comentan a sus padres que, si bien ya reconocían los dotes de su Marthita, estimularon aún más su don.
El libro, que se tradujo al español un año después de su publicación original por El Ateneo, en 2011, y ahora regresa, bajo la estampa de Blatt&Rios, cifra en los cambios de subtítulos una impronta bien argentina. La primera solo apareció como Martha Argerich, cuando el nombre ya tiene una reverberancia universal, pontífice, mesiánica. La nueva edición optó por el agregado de “Una biografía”, un detalle más que relevante en un país donde sus referentes tardan en ser reconocidos y donde la narrativa biográfica tiene muy poco peso. Si alguna vez Virginia Woolf escribió que la biografía es la construcción de una intimidad entre extraños, la mochila con la que cargó Bellamy fue pesada, dado que de antemano tenía un vínculo con la artista, que, sumado a su parquedad para dar entrevistas, devino en un desafío, una llama que sostuvo durante ocho años, con raptos de obnubilación ante el candor y de distancia frente a la ética del compositor.
La estructura acompaña la progresión de Argerich, con sus hitos, que en medio de la inmensidad pueden leerse en forma minúscula. Las primeras clases con el férreo italiano Scaramuzza, profesor de grandes pianistas nacionales —de Bruno Gelber a Orlando Goñi—, su primer recital a los ocho años (Concierto 20° en re menor, de Mozart; Concierto 1° en do mayor, de Beethoven y la Suite inglesa 3° en sol menor, de Bach) y las constantes presiones de su madre, con las que de algún modo lidió toda su vida. A partir de allí, se despliegan los dobleces. Por un lado, el disfrute: “La niña se habrá emocionado alguna vez con las caricias de una brisa traviesa bajo su vestido. Sus manos probablemente recuerden ese éxtasis carnal cuando interpreta alguna música sensual, como la de Maurice Ravel”. Por otro, un pánico escénico que nunca pudo soltar, a tal punto de convertirlo en su estigma, su marca, pero que también habla de su relación con el espíritu que se activa en el pleno presente.

Para rodear la cronología musical de Argerich, sus preludios y fugas, sus apuestas, Bellamy se documenta con rigurosidad, a tal punto de poner el ojo incluso en una libretita de autógrafos de los músicos extranjeros que visitan Argentina en plena efervescencia cultural. Cuando vio a Frederich Gulda se iluminó, un pianista clásico libre y díscolo, justo a su medida. Decide que va a formarse con él, pero mudarse a Viena, aun siendo una familia de clase media, era imposible. El libro confirma que fue el presidente Perón quien apoyó el primer impulso. Gulda tenía un método moderno, grababan las clases y las escuchaban juntos, “comentándolas en forma libre y democrática”. Volver sobre sus pasos, en forma de preguntas también como una manera de sopesar el presente. Muchos años después, su gran maestro dirá de Argerich: “Es un fenómeno que no se puede explicar. [ …] Martha es artista en términos absolutos”.
En Argerich, nos muestra Bellamy, no hay contradicciones, sino una yuxtaposición de dimensiones, luces y sombras que conviven. “Un poco géminis”, diría ella misma, según las opiniones que suele tener sobre algunas personas con las que se ha vinculado artísticamente. La mudanza a Ginebra la resplandece, a partir de allí gana los premios Busoni y Chopin. Ya es toda una celebridad, en plena adolescencia, y los críticos hablan de un milagro, la veneran. Con un gesto muy detallado, el autor potencia algo que destaca de su personaje, la memoria implacable. Despliega un registro muy puntilloso de sus grandes conciertos y sus constantes inquietudes de aproximarse a nuevos artistas. El fraseo es por momentos suave, a veces un poco riguroso, mayormente delicado. Con sutileza también se sumerge, aun con la discreción con la que ella se presenta, en su relación con el deseo y sus tres grandes parejas: Robert Chen, Charles Dutoit y Stephen Kovacevich, con la admiración mutua y los vaivenes previsibles. También, sin juzgar, retrata el vínculo con sus tres hijas Lyda-Chen Argerich, Annie Dutoi y Stéphanie Argerich, reconocida por haber dirigido el documental Bloody Daughter (2012), que muestra a su madre en las distancias de la intimidad.
La imagen de un alma espontánea, noctámbula, misteriosa, alguien capaz del escándalo con tal de defender a jóvenes talentosos, que sufre en medio de la enfermedad, que acompaña a sus amigos. Que tiene una sonrisa fugaz, similar a la Mona Lisa o al San Juan de Da Vinci —que supo desmenuzar tan bien Emmanuel Carrère en Yoga— y que no hay un solo día de su vida que no piense en tonos. Así lo muestra Bellamy cuando reflexiona sobre la digitación de Martha Argerich: “La búsqueda del sonido no termina nunca. Y, como se trata de obras maestras, imposibles de delimitar, por definición, la exploración dura toda la vida”.

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Mariano Vespa (Tres Arroyos, 1988). Lector nómade, comunicador social, se formó en cine (Universidad Torcuato di Tella, Escuela Internacional de Cine y Televisión) y actualmente es maestrando en humanidades aumentadas (Universidad Nacional de Rosario).
Se especializa en el género biográfico y lo traiciona. Publicó los libros Inmersión. Una imagen proyectada sobre Rafael Pinedo (Tren en Movimiento) e Incierto y sinuoso, una autobiografía de Daniel Melero (Caja Negra). Dirigió el corto Mío será otro cuerpo. En busca de C. E. Feiling.
Instagram: @mariano.mandrake
Olivier Bellamy. Martha Argerich. Una biografía. Traducción de Silvia Kot. Buenos Aires: Blatt & Ríos, 2024.
Las imágenes de portada e interiores fueron tomadas del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. La que funciona como portada es el Sueño número dos en el andén, de Grete Stern. La tapa del libro fue tomada de la editorial Blatt & Ríos.
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