Nacido el 31 de diciembre de 1899, literalmente en la antesala del siglo XX, el que tal vez sea el compositor mexicano más importante del mismo periodo, Silvestre Revueltas, murió en pobreza.
Hijo de un matrimonio humilde de Durango que sin embargo se preocupó por la formación artística de sus hijos —Fermín devino pintor, José novelista, Rosaura actriz, entre todos los etcéteras—, Silvestre se formó como violinista entre los jesuitas de Texas.
Pese a su talento, su riqueza expresiva como compositor, sus múltiples oficios musicales para asegurar el pan, murió en pobreza y de frío. Una irónica, aguda Elena Garro, en Memorias de España 1937, lo asienta al recordar aquellos años: en su funeral, recuerda, llovieron los arreglos florales. Los dineros gastados en aquellos homenajes simbólicos y póstumos, en cambio, debieron usarse para comprarle un suéter, sentencia la autora de Andamos huyendo, Lola.
Su hermana Rosaura Revueltas, actriz, lo describe así en los textos preliminares del compilado Silvestre Revueltas por él mismo que preparó la editorial Era:
«Silvestre se dedicó entonces de lleno a la composición. Bueno, decir de lleno es un decir nada más, porque tenía que trabajar muy duro para ganar el pan de cada día para su familia. Con Ángela tuvo tres hijas, de las cuales sólo sobrevivió Eugenia, la segunda. Silvestre daba clases en el Conservatorio, daba audiciones, dirigía y era un hombre muy activo en causas políticas. Desde que regresó a México, Silvestre no tuvo nunca un bienestar económico; siempre vivió en la pobreza, en los barrios viejos de la ciudad, en viviendas viejas».
Enterrado en el Panteón Francés de la Ciudad de México en 1940, al funeral acudió el poeta Pablo Neruda, relativamente su contemporáneo, pues nació en 1904.
Altura desprendida reproduce el poema con que el autor del Canto general despidió entonces a su amigo.

A Silvestre Revueltas, de México, en su muerte (Oratorio menor)
Cuando un hombre como Silvestre Revueltas
vuelve definitivamente a la tierra,
hay un rumor, una ola
de voz y llanto que prepara y propaga su partida.
Las pequeñas raíces dicen a los cereales: «Murió
Silvestre»,
y el trigo ondula su nombre en las laderas
y luego el pan lo sabe.
Todos los árboles de América ya lo saben
y también las flores heladas de nuestra región ártica.
Las gotas de agua lo transmiten,
los ríos indomables de la
Araucanía ya saben la noticia.
De ventisquero a lago, de lago a planta,
de planta a fuego, de fuego a humo:
todo lo que arde, canta, florece, baila y revive,
todo lo permanente, alto y profundo de nuestra
América lo acogen:
pianos y pájaros, sueños y sonido, la red palpitante
que une en el aire todos nuestros climas,
tiembla y traslada el coro funeral.
Silvestre ha muerto, Silvestre ha entrado en su música
total
en su silencio sonoro.
Hijo de la tierra, niño de la tierra, desde hoy entras en
el tiempo.
Desde hoy tu nombre lleno de música volará cuando se
toque tu patria, como desde una campana,
con un sonido nunca oído, con el sonido de lo que fuiste,
hermano.
Tu corazón de catedral nos cubre en este instante, como
el firmamento
y tu canto grande y grandioso, tu ternura volcánica,
llena toda la altura como una estatua ardiendo.
¿Por qué has derramado la vida? ¿Por qué
has vertido
en cada copa tu sangre? ¿Por qué
has buscado
como un ángel ciego, golpeándose contra las puertas
oscuras?
Ah, pero de tu nombre sale música
y de tu música, como de un mercado,
salen coronas de laurel fragante
y manzanas de olor y simetría.
En este día solemne de despedida eres tú el despedido,
pero tú ya no oyes,
tu noble frente falta y es como si faltara
un gran árbol en medio de la casa del hombre.
Pero la luz que vemos es otra luz desde hoy,
la calle que doblamos es una nueva calle,
la mano que tocamos desde hoy tiene tu fuerza,
todas las cosas toman vigor en tu descanso
y tu pureza subirá desde las piedras
a mostrarnos la claridad de la esperanza.
Reposa, hermano, el día tuyo ha terminado,
con tu alma dulce y poderosa lo llenaste
de luz más alta que la luz del día
y de un sonido azul como la voz del cielo.
Tu hermano y tus amigos me han pedido
que repita tu nombre en el aire de América,
que lo conozca el toro de la pampa, y la nieve,
que lo arrebate el mar, que lo discuta el viento.
Ahora son las estrellas de América tu patria
y desde hoy tu casa sin puertas es la Tierra.

Este poema es reproducido como corolario en el libro Silvestre Revueltas por él mismo: Apuntes autobiográficos, diarios, correspondencia y otros escritos de un gran músico, que recopiló su hermana Rosaura y editó Era originalmente en 1989.
Todas las obras plásticas que acompañan este poema pertenecen al hermano de Silvestre, Fermín Revueltas, y fueron tomadas del Museo Blaisten. La que funge como portada es un fragmento de La danza del venado.
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