por Camilo Peter Cueva
«¡Qué cosa inmunda!», dijo el agente de seguridad cuando la descubrió en uno de los monitores. Sin dar crédito a lo que veía, el agente Cueva la vio avanzar por el pasillo principal del piso seis, el último, cuan enorme y peluda era: parecía saber a dónde exactamente se dirigía y demoraba impunemente su trayecto. «Qué tal concha —pensó entre alarmado y divertido el agente—, yo aquí mosqueándome en el sótano y esta con el jefazo». El acceso a ese piso estaba restringido a unos cuantos cargos importantes, entre ellos el del propio presidente del banco, nada menos. «¿Cómo reaccionaría el jefazo ante la vista del bicho?», se preguntó el agente no sin cierta temeridad. Sabía que, por disposición del presidente, allí en el banco eran aún más celosos de la cuarentena. «También ahora seremos ejemplo de eficiencia: cero contagios, cero muertos por covid en nuestra institución», había dicho el presidente. Así, a la entrada del edificio se había dispuesto un riguroso protocolo de seguridad sanitaria, para no hablar de los buses que había contratado el banco para traer al personal que laboraba allí y no contaba con carro propio.
Y, claro, entre todos los carros particulares que aparcaban en el sótano del edificio, el que más destacaba a los ojos del agente Cueva era el Venom Carnagie del presidente. «Fierrazo», se decía el agente cada vez que veía el carro en uno de los monitores. Lo que no sabía él —recién había entrado a trabajar allí un año antes— es que el presidente había cambiado tres veces de auto en el tiempo que tenía al frente del banco, aunque siempre compraba la última versión del mismo. ¿Sería el único ciudadano de este país que podía permitirse el lujo de importar semejante auto? Por alguna razón, al agente Cueva le gustaba pensar que sí.
Seis presidentes de la república se habían sucedido en el gobierno en los últimos quince años, y los seis habían ratificado al presidente del Banco Central en su cargo: su figura ventruda de papada prominente era prenda de estabilidad monetaria y responsabilidad macroeconómica (de ahí los buenos términos en los que era calificada la economía del país por parte de agencias e inversionistas extranjeros). Así, el presidente había envejecido ejerciendo su cargo —los colgajos de grasa en su cara y su cuerpo acusaban el paso de los años— y acumulando privilegios para él mismo y su institución: esta gozaba de autonomía en cuanto a su presupuesto y, en consecuencia, contaba con su propia nómina de pagos y bonificaciones, ¡las más altas en todo el aparato del Estado! Aunque, claro, esto era un privilegio de los altos ejecutivos: los servicios subalternos —cocina, limpieza y seguridad— estaban tercerizados. Sin embargo, con el advenimiento de la pandemia y la cuarentena que trajo consigo, ya podía el agente Cueva considerarse también un privilegiado: la banca privada estaba entre los pocos rubros de la economía que seguían operando, y no hubo allí la escalada de despidos que sí hubo en otros rubros (para no mencionar la escalada de contagios y muertes por el virus). Y si la banca privada seguía operando en plena pandemia, su referente y ente tutelar con mayor razón lo haría. Eso sí, con todas las medidas sanitarias del caso. Dentro del Banco Central, la consigna en este sentido era clara: cero contagios, cero muertes por covid. En consecuencia, todo allí era un dechado no sólo de eficiencia, sino también de pulcritud, y no sería una rata la que cambiase eso.
«Mejor llamo de una vez al personal de limpieza», se dijo el agente Cueva sin perder de vista los movimientos de la rata en el monitor. Sin embargo, nadie en el departamento de limpieza contestaba su llamada, mientras los minutos seguían pasando y la rata campeaba a sus anchas en el pasillo principal del piso seis. «¿Dónde están esos idiotas?». El agente revisó los monitores y en uno de ellos halló a todo el personal de limpieza reunido en uno de los salones de la recepción: al parecer recibían instrucciones o algún tipo de capacitación a propósito de la peste. ¿Y si llamaba a uno de sus compañeros de seguridad? «No jodas —le respondió Esteban—, ese trabajo es de la gente de limpieza». «Qué tanto por una rata —respondió a su vez Juan—, espera nomás a que los de limpieza se desocupen». Pero, claro, ellos no podían ver lo que él veía en el monitor. «Carajo, ¡esa rata debe tener a lo menos medio metro de longitud!».
Con la cuarentena, también cambió el ritual que el presidente oficiaba ante las cámaras de los medios, informando sobre los principales indicadores macroeconómicos del país: todos siempre muy auspiciosos y halagüeños (hasta antes de la pandemia). Así, el ritual dejó de ser presencial y pasó a la virtualidad. Y aunque los indicadores acusaban ahora cierto declive, el presidente insistía en que esto era algo coyuntural. «El buen manejo económico de los últimos años nos permite afirmar que los indicadores repuntarán una vez que pase la emergencia sanitaria». Como cierre del ritual, el presidente ahora también informaba sobre el número de contagios en su institución: cero. «Nuestra institución da el ejemplo también en estas horas críticas para el país», subrayaba. Quien asistía al presidente en este ritual era su secretaria: una hermosa mujer a quien el agente Cueva veía venir al banco e irse de allí en un Venom deportivo. A diferencia de otros ejecutivos del banco, la secretaria del presidente venía a trabajar al mismo vestida de modo informal: blusas de color claro, jeans y sandalias. Y esto al agente le hacia el efecto no tanto de un capricho como de una forma de lujo, acaso más sutil o sugerente. «¿Y si era ella la que se topaba con la rata?». Dio un respingo, de pronto, el agente Cueva. Ya la veía gritando a voz en cuello ante la vista del bicho y causando una alarma descomunal e innecesaria en el piso seis, cuando no en todo el edificio. Entonces el agente tomó la decisión de su vida: ir él mismo por esa alimaña. «¿Qué tanto?, antes de cinco minutos estoy de regreso en mi puesto», pensó. Cambió la mascarilla que usaba por una nueva y se puso en camino.
Unos días después, el service que tenía empleado al agente Cueva prescindía de sus servicios. Ni siquiera le dieron explicaciones —no tenía derecho a recibirlas—: simplemente lo echaron a la calle. Y allí, en la calle, la peste campeaba a sus anchas, cobrando cada vez más víctimas mortales entre los infectados. Los hospitales hacía rato que habían colapsado y las morgues desbordaban de cadáveres. De hecho, muchas víctimas ni siquiera llegaban a la morgue, sino que se quedaban allí donde las había cegado la peste. Abandonadas y a la intemperie, sobre sus cuerpos se abatían las moscas e incluso las ratas. ¡Las ratas! Una semana antes de correr la misma suerte, el exagente Cueva escuchó en las noticias que de todos los países del mundo el suyo era el más golpeado por la peste. «En proporción a su población —señalaba el narrador de noticias—, es el de mayor mortandad en el mundo”. «Salvo por el Banco Central —pensó el exagente Cueva mientras la fiebre acometía su cuerpo debilitado—. Maldita la hora en que fui por esa rata ¡y todo para no encontrarla!”.
Y era como si la vergüenza, la rabia (y la rata) debieran sobrevivirle.

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Camilo Peter Cueva es estudiante de cuarto año de la carrera de literatura en la Universidad Nacional Federico Villarreal, del Perú. Ganador del concurso literario Crealit 2019 (categoría cuento) de la misma casa de estudios. En 2022 autopublicó, en edición impresa, su antología de cuentos Fe adorable en la plataforma Amazon KDP. Los cuentos reunidos ahí fueron entresacados de tres títulos anteriores, publicados, sólo en edición electrónica, en la misma plataforma. Fe adorable es asimismo el nombre de su blog en la web.
Instagram: @fe.adorable
Todas las obras pictóricas que acompañan esta entrada fueron tomadas del Museo de Arte Contemporáneo de Chile. La que ocupa la posición principal se titula Desocupados y la firma el argentino Ricardo Carpani.
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