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La clase media en la boca de la supuesta clase media

La escritora Anamari Gomís se aventura en defensa de su élite.

por Fuenteovejuna

El tema de la clase media no deja de ser interesantísimo. Hace años hubo un debate entre Gerardo Esquivel y Roger Bartra acerca de si México es un país de clase media o no. Después de eso, una oleada de textos vino para diseccionar cada uno de ellos y poder saber qué es la clase media.

Slavoj Zizek le dedica unas líneas y define a la clase media como una no-clase, un fetiche que se encuentra muy cómodo separándose de los polos del espectro, de las grandes corporaciones apátridas por un lado y, por el otro, de los inmigrantes pobres y habitantes de los guetos. No lo deja ahí, afirma que la idea de la clase media difumina los límites entre clases, o mejor dicho: es la misma lucha de clases: «Este continuo desplazamiento, esta continua ‘falsificación’ de la línea de división (entre las clases), sin embargo, es la ‘lucha de clases’: una sociedad clasista en la que la percepción ideológica de la división de clases fuese pura y directa sería una estructura armónica y sin lucha».

La clase media como fetiche y como constructo ideológico, en realidad, abarca tanto que termina por no designar nada. Eso, sin embargo, nunca ha sido obstáculo para que una idea deje de tener una bajada en la realidad. Es el ejemplo clásico de Dios. No importa si existe, si no existe o si cada quien tiene una versión personal de Dios: en todo caso lo que importa es que hay un grupo considerable de la población que actúa como si existiera. Es igual la clase media, no importa si existe o no existe, no importa si eres o no eres, lo importante es que actuemos como si existiera y, en la mayoría de los casos, como si fuéramos parte de ella.

No faltan en internet los artículos de “cuánto tienes que ganar para ser de clase media”. Pero la clase media no sólo se mide por una relación de ingreso o de posesiones. No hay ataque más común que preguntarle a alguien que cómo es que no es de clase media si tiene un iPhone. Es también la muestra más clara de que alguien no entiende de lo que habla.

Para ir atando cabos, cito a la persona que catalizó este texto: “Todo este preámbulo viene a cuento por la perorata” de Anamari Gomís, que en el programa de Aristegui del día 18 de junio de 2024 fue entrevistada y presentada al público como “escritora y académica”. Lo primero, no tiene lugar a duda, Anamari es una autora cuyos libros se pueden encontrar en la gran mayoría de librerías de México; y lo segundo debe ser porque dicta clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en la carrera de lengua y literaturas hispánicas. Lo dejó muy claro, cuando Aristegui le dijo “tú estudiaste filosofía” y contestó: “no, yo estudié letras”.

Cuando era presidente de México, López Obrador se reunió en san Francisco, California, con el mandatario chino, Xi Jinping. Foto tomada de las redes sociales del tabasqueño.

Vamos a seguirle. Anamari fue entrevistada con motivo de su columna “Mitos y fantasías de la clase media, un texto de Anamari Gomís”. En ella critica al entonces presidente Andrés Manuel López Obrador y a su posición acerca de las clases medias. En un movimiento típico de la élite intelectual, aprovecha para corregirle la plana al mandatario y decir que probablemente se equivocó, pues en vez de decir aspiracionista debió decir, o querer decir, arribista, no sin sorna: “Creo que ‘arribista’ sería la palabra, y se le quedó en algún escondrijo de la mente”. En entrevista con Aristegui, dijo que la palabra aspiracionista no existe. Es motivo de discusión cuando entre aficionados al diccionario se discute si tal palabra existe o no. Cualquier estudiante de lingüística podría informarles a los aficionados y a Anamari que el hecho de que una palabra no exista en el diccionario de la Real Academia Española no quiere decir de ninguna manera que no existe: quizá no conoce los mismos mecanismos del diccionario de la Academia, que busca (aunque no siempre obedece a estos principios) ser descriptivo, y quizá no sabe que existe el observatorio de palabras, que lista una serie de vocablos que probablemente se integren al diccionario. Si esto es así, mucho menos aceptará que no porque la Academia no reconozca en su diccionario una palabra, quiere decir que no existe, ¿o cómo le hacen las lenguas sin academias, sin diccionarios, sin registros escritos? Como académica, antes de dec(id)ir si existe o no existe, debió investigar qué significa la palabra y, si se ha usado antes, qué significado tiene. No es tan difícil.

Si quisiéramos hacer un examen mezquino de la columna, aprovecharíamos para comentar que la oración “debido a que que trataban los pequeñas verdades” está mal escrita, por descuido seguramente de la autora o de quien edita. También diríamos del siguiente fragmento: “la cuarta transformación de México a cómo dé lugar”, que ese “cómo” no se acentúa. Y pues hasta aquí la mezquindad, que no es que no se nos dé, pero que tampoco es el centro de este texto.

Lo que es de llamar la atención es que la postura de Anamari Gomís no es una postura política que esté fundamentada en un proyecto político. Al nombrarse en la entrevista “antilopezobradorista”, así como en los distintos comunicados que ha firmado, no enuncia una verdadera postura. “Demócrata” seguramente sería la palabra que usaría. Tomás Mojarro siempre insistió en que la palabra demócrata requería un apellido: ¿demócrata cómo? En tiempos recientes se hizo explícito que ser demócrata no visibiliza las posturas, cuando León Krauze le preguntó a Jorge Ramos si se puede llamar demócrata a AMLO y éste le respondió que sí, cuando claramente no era la respuesta que buscaba.

¿Valentía o elitismo de la dinastía Krauze? Es broma. Imagen tomada del ex-Twitter del periodista.

Pero no es de extrañar. Este tipo de reivindicaciones del sentido son típicas de la clase dominante, en la que el juicio de valor subsistente es el de lanzar al aire la pregunta de “cuál es la verdadera democracia” y responder inmediatamente: “la que nos beneficia a nosotros”, pero entre dientes, porque en verdad tampoco es así: abogan por la democracia cuando ven sus intereses amenazados —y hasta ahí llega la crítica. Y salir en defensa de la clase media, honestamente, es salir en la defensa de los privilegios que el sistema hegemónico, ese que oprimió brutalmente a más de la mitad de la población, les había otorgado a estos héroes sin capa de la democracia. Es un discurso tautológico de la identidad o, lo que es lo mismo, la puesta en palabras de la prepotencia.

Anamari Gomís no esconde para nada su punto de enunciación, incluso al revés, buena parte de su texto se trata de cómo su mamá era española, de cómo su papá “había sido magistrado de la Suprema Corte de Justicia durante la II República, era francés de nacimiento, hablaba varios idiomas, escribía novelas y relatos, perteneció al Partido Comunista español durante la álgida época de la Guerra Civil (y luego se desdijo del comunismo, aunque nunca de su deseo de igualdad para todos los seres de la tierra) y  leía muchísimo. Amaba a la ópera, a su familia y a los perros”. No dudo que así haya sido, y de alguien que estudia literatura no se puede esperar menos descripción que esta, la de un retrato ya no sólo de un hombre, sino del ideal de la clase media, esa que sabe cuál es la “verdadera” izquierda. No se nos escapa que diga en su texto: “hay un universo de diferencia entre lo que debe ser la izquierda y la no izquierda de López Obrador”. Y es verdad que la izquierda de López Obrador es deficiente, pero la de Anamari Gomís es inexistente.

En entrevista con Aristegui, señala que es la clase media la que va a las universidades y la que lee. Eso es a todas luces una ilusión. La gente que se identifica como de clase media no necesariamente lee (y yo creo que esto Anamari Gomís lo sabe), pero más terrible es pensar que todo aquel que va a la universidad es clase media. Es más terrible, aunque no guste, porque es profesora de una institución pública.

Cualquiera que ha estado en un contingente estudiantil de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) durante una marcha (¡una!) habrá escuchado la consigna: “educación primero al hijo del obrero, / educación después al hijo del burgués”. Pero desde la concepción de la clase media, el obrero no pertenece a su clase y, aunque se resistan a aceptarlo, a las aulas de la UNAM, no obstante que cada año en menor medida siguen llegando alumnos que no pertenecen a la clase de Anamari Gomís. La desconexión, entonces, entre el estudiante que pertenece a la clase baja en un salón con Anamari Gomís, hija del exilio, de un padre magistrado de la Suprema Corte y exrresidente en Washington, es descomunal, y no porque yo quiera caer en la trampa fácil de la identity politics, sino porque, con todo su bagaje cultural, Anamari al parecer no es capaz de ver quiénes son sus alumnos, que no son (todos) de clase media y que no son iguales. Hay a quienes no se los dice su inteligencia, sino su estómago, desde la repugnancia. Ignoro si es el caso de Anamari.

¿Qué tendría de malo o qué? ¿O qué, pues?

Anamari Gomís cuando responde a la pregunta de Aristegui acerca de la aseveración del presidente de que va a desaparecer, asegura que no le cree. Para explicarlo a la audiencia y probablemente para explicárselo a sí misma, compara al presidente con su mamá. Nos cuenta que, cuando se enojaba, su mamá amenazaba con que cogía las maletas y se volvía a España. Entonces, no le cree a López Obrador porque la amenaza de su mamá era vacía. Aristegui intentaba reformular la pregunta, probablemente porque en nada son comparables una situación y la otra. Finalmente Anamari cede al percatarse de que no está dando una respuesta decorosa y declara que Carmen Aristegui es más política y más ágil. Es decir, expresa que no le cree a López Obrador, pero no sabe decir por qué.

Entonces, de aquí podemos obtener al menos dos cosas para enunciar. La primera, que Anamari Gomís, quizá como buena representante de quienes se asumen clase media, no es capaz de ver la realidad más allá de su propia clase, sólo así se explica que le haga el flaco favor a su madre de compararla con López Obrador. La segunda, que, quizá como mala representante de su clase, no tiene un discurso político real, sino una reacción política que la lleva a escribir una columna que no dice mucho y a firmar cuanto desplegado se ofrezca para reafirmar que forma parte de ESE grupo.

¿Clase obrera o no? Jóvenes universitarios durante el simulacro del 19 de septiembre de 2024 en la escuela pública de estudios profesionales más importante del país. Imagen tomada de la cuenta oficial en X de la UNAM.

Yo no voy a firmar este documento. Me llamarán cobarde y sí: no lo firmo por miedo a que, si ella quisiera, pudiera haber represalias; porque sería eso: cuestión de querer. No importan aquí medallitas universitarias ni publicaciones. Sí importa, obviamente, el capital cultural, no somos iguales: ella tiene influencia donde yo no. No aseguro que ella hiciera algo para perjudicarme, en corto es una persona agradabilísima y educada, pero por más que yo lea, reconozco las diferencias que nos separan y cómo se pueden traducir en un ejercicio de poder.

Defender a la clase media es una hazaña difícil. Anamari Gomís escribe su columna para responder la perorata de AMLO, así como los personajes de una obra de teatro hablan entre sí, sin la mediación de un narrador. Le pasa lo que advierten los teóricos del texto dramático cuando afirman que cuando un personaje habla de otro, nos da más información sobre sí mismo que sobre quienes habla.

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