La lucha que cambió mi vida

Infancia es destino a dos de tres caídas sin límite de tiempo.

por Óscar Guízar

Corría el año 1992, tiempo de sucesos relevantes en la historia de México y del mundo: se descubrió que la capa de ozono comenzaba a desgastarse; Pablo Escobar se fugó de la cárcel “El Castillo” por temor a ser extraditado; Bill Clinton fue elegido presidente de Estados Unidos. Menciono estos datos para darle contexto al momento en que sucedió mi historia. Tenía seis años y ninguno de estos acontecimientos tuvo relevancia para mí, tan es así que ni siquiera tengo un recuerdo de ellos. El suceso más importante fue la contienda entre los luchadores Blue Panther y Love Machine.

En ese entonces, como ya lo mencioné, tenía seis años. Era un niño inteligente, guapo y carismático, según palabras de mi madre. ¿Qué fue lo que me sucedió? ¿Dónde estuvo el error? ¿Bajo pretexto de qué o quién me volví así? Nadie lo podría explicar (también palabras de mi madre). Como muchos niños de mi generación, disfrutaba enormemente de la lucha libre: adultos con máscaras y calzones brillantes que golpeaban y sometían a otros vestidos de la misma manera. Había lances desde la tercera cuerda, llaves como la campana, la tapatía o la nelson. El público gritaba a los atletas en el ring; estos arengaban o respondían el insulto de los congregantes, según fuera el caso. No había espectáculo igual a ese. En el futbol salen a la cancha, hacen lo suyo y se van, tal vez la única comunicación con el público es cuando se anota un tanto y el goleador voltea a las gradas. No existe otro tipo de conexión. Por tal razón, ¿cómo no ponerse romántico con la idea de la lucha libre?

Existía un blanco y negro que entendía a la perfección a mis seis años. El bien contra el mal; técnicos que representaban lo justo, lo dadivoso, la virtud, y los rudos que eran la maldad pura, deportistas tramposos que utilizaban la traición y los descuidos para superar al contrincante: golpes en zonas prohibidas, muchas veces peleaban dos rudos contra un técnico, se metían con el público y lo incitaban para que abucheara, parecía que se alimentaban del desprecio de la gente. La euforia y la indignación lucían reales, pero todo era parte de la convención que existe en este deporte.

Musculaturas de plástico con rebabas sostienen la pasión naciente de millones.

Los superhéroes mexicanos, los han llamado, y como buenos ídolos debían tener sus figuras de acción, muy a la mexicana: muñecos de plástico, todos iguales, inamovibles de sus extremidades, con el brazo derecho levantado a la altura de la cabeza y el otro al nivel de la cintura, compás abierto, ya que era la posición de ataque. La única diferencia entre uno y otro era el color del pantalón y de la máscara, los cuales eran personalizados con pintura de plomo según el luchador al que se quería asemejar. Entonces, yo poseía una infinidad de muñecos que en su estructura eran lo mismo, pero que quienes los vendían hacían lo suficientemente atractivos como para seguirle pidiendo a mis padres que me los compraran. El sinsentido, ahora lo pienso, es cuando comenzaron a salir dichos luchadores con capas de plástico, fabricadas con bolsas de polietileno.

―Mamá, cómprame ese luchador.
―Pero ya tienes uno igual.
―No es cierto, ese es diferente, ¡tiene capa!
―Te compro la capa, hijo.
―Yo preferiría todo el muñeco, pero pues si hay que negociar contigo…, qué remedio.
―Señor, ¿me podría vender la capa de ese luchador?
―Lo siento, marchanta, pero las capas son personalizadas para cada luchador ―afirmaba el vendedor―, no le puedo vender únicamente la capa, va el juego completo en la transacción de compra-venta.

Mi madre me volteaba a ver con disgusto.

―¡Eres un dolor de huevos! Llévatelo pues…

Desde luego, no me decía tal cosa, pero yo estoy seguro que eso significaba su cara, infinidad de veces la he visto. Yo se la he hecho a muchas personas y es exactamente lo que uno quiere expresar.

Entonces, sábado por la mañana, listo para ver la lucha libre. Mi padre se sentaba junto a mí para verla, no sé si porque le gustaba en verdad o por compartir tiempo conmigo, en fin. Todo dispuesto para el ritual sabatino, la máscara que usaba, mis figuras de acción, algún tentempié para disfrutar y pasar una mañana sin preocupaciones o, por lo menos, eso es lo que pensaba. Luchas previas a la estelar, que no recuerdo, pasaron por la tele y todo iba bien, el problema y el momento disruptivo llegó con el evento estelar: Blue Panther contra Love Machine. Mi padre planteó el problema: ¿a quién le vas a ir? Por un lado, Blue Panther era un luchador rudo, lo que él representaba iba contra las convicciones que tenía hasta ese momento, era como apoyar al mal de manera consciente; pero ese rudo, el malo, el hombre que gracias a mi educación guadalupana estaba cerca del mundo de la oscuridad, era mexicano. A mi corta edad entendía de alguna manera la idea de pertenecía y de identidad. Soy mexicano, sea lo que eso signifique o significara en ese momento para mí, sabía que mi lealtad era para con los míos, no sabía bien cuáles, pero así era. Love Machine, por el contrario, era un luchador técnico: bondad, honor, humanidad; eso representaban los técnicos en mi vida, sin embargo, era gringo, no tenía nada en contra de ellos, pero no era de los míos, sabía que no hablábamos el mismo idioma, que su cabello y color de piel eran diferentes y que, según mis clases de Historia, “ellos se habían robado parte de México”. No conocía su rostro por la máscara, pero su piel era blanca, como la de todas las fotografías de Jesús de Nazaret. Qué difícil situación: elegir entre el malo, pero de mi nacionalidad, o entre el bueno, pero extranjero

Éntrale, papá, te andaba esperando…

Me quedé con mi nacionalidad, Blue Panther tenía más cosas en común conmigo: hablaba mi idioma, su color de piel era parecido al mío, al de mis padres y mis conocidos, además, tenía una figura de acción de él; de Love Machine no tenía muñeco, así que no había simpatía por su personaje. Realmente no tengo claros los motivos de mi decisión, no sé si alguna de estas cuestiones influyó en mí. Con preocupación escogí al luchador mexicano. Aunque ahora parezca una banalidad, en aquel momento pensaba que me decidía entre el bien y el mal. Elegí lo segundo, ¿qué decía eso de mí?

La lucha estelar inició. La entrada de Love Machine fue espectacular, llegó montado en una motocicleta tipo chopper, salía humo, la música lo acompañaba. Cuando el humo por fin se disipó, el luchador bajó de su moto, con la bandera de los Estados Unidos como capa, la retiró de su espalda para doblarla con sumo cuidado y la entregó a una mujer de la tercera edad que estaba sentada en primera fila, finalmente subió al ring donde ya se encontraba su rival. El presentador, con micrófono en mano, anunció que en la contienda se disputaría mascara contra máscara, el perdedor sería humillado al ser descubierta su identidad, el bien más preciado para un atleta de estos menesteres.

Inició la primera caída. Blue Panther no podía con su rival: patadas voladoras lo derribaban, era estrellado contra la lona y lo golpeaban en la esquina. El comienzo no era favorable para la decisión emprendida. Una serie de preguntas y de dudas comenzaron a invadir mi cabeza: ¿me equivoqué con la decisión que tomé? ¿Habré hecho bien? ¿Es muy tarde para cambiar de opinión? Todos estos cuestionamientos se repetirían a lo largo de mi vida pero con diferentes temas, me queda claro que esa ocasión fue la primera vez que aparecieron en mi mente: ¿escogí la carrera adecuada, el carro, el trabajo, el lugar dónde vivir? ¿Es demasiado tarde para cambiar de opinión? Una de las posturas más populares para contestar estas dudas e incertidumbres que se han presentado en momentos decisivos y que, al parecer desde infante emprendí, es: “Ya estás aquí, ya síguele”. Ante el cambio de rumbo en la pelea, viendo que Blue Panther comenzaba a defenderse y a superar a Love Machine, me di cuenta de que mi decisión fue la acertada. El luchador mexicano ganó la primera caída con una quebradora. Festejé saltando y corriendo por la sala, una manera simple de aliviar el estrés provocado por la contienda. Hice bien, yo sabía que él era el bueno, más bien el malo, pero mexicano. Los conceptos del bien y del mal empezaban a difuminarse, a mis seis años ya comenzaban a aparecer los grises de la vida.

Ya estás aquí, ya síguele.

Segunda caída. Blue Panther comenzó ganando, pero rápidamente Love Machine tomó el control, con sus habilidades y su juventud dominaba de nuevo el encuentro. El luchador técnico intentaba una y otra vez llevar al conteo de espaldas planas a su oponente, lo castigaba, pero Blue Panther resistía. Era un luchador fuerte, con experiencia, con colmillo. Sin ninguna necesidad, ya que el competidor gringo controlaba el encuentro, sucedió lo terrible…, Love Machine levantó al luchador mexicano y lo puso de cabeza, se le llama “el abrazo del oso invertido”. A partir de ese movimiento se pueden hacer muchas maniobras, pero Love Machine optó por la más aterradora de todas: el martinete, el cual consiste en dejarse caer aplicando toda la fuerza de la gravedad en la cabeza del contrario. Un movimiento prohibido por su peligrosidad, luchadores han muerto desnucados por el tan terrible martinete; era la primera vez en mi vida que lo veía. En la repetición se observa cómo el réferi (en contra de la imparcialidad que debía tener) quiso evitar el movimiento, pero no lo consiguió. Blue Panther yacía tirado en la lona, desmayado quizá, el réferi levantó su mano en señal de victoria, descalificando al luchador técnico. ¿Qué estaba pasando? Mi mundo social, emocional y ético se derrumbaba ante lo sucedido. El atleta al que decidí brindarle mi apoyo había ganado, pero ¿realmente ganó? Su cuerpo inerte descansaba sobre el cuadrilátero, los comentaristas hablaban de la peligrosidad de la maniobra y que existía la posibilidad de que muriera. ¿Ganó Blue Panther? ¿No se suponía que Love Machine era el luchador técnico, el del honor, la benevolencia, el que seguía las reglas? ¿No se suponía que Love Machine significaba “máquina del amor”? Todo lo que creía sobre los conceptos del bien y del mal estaba colapsando. ¡Que no chingue mi papá, tenía seis años! ¿Por qué me ponía a ver eso? No estaba listo para esa clase de experiencias. ¿Cómo iba a continuar con mi vida de manera normal? El lunes llegaría a la escuela y la maestra mirando la inquietud de mis acciones enunciaría: Óscar, pórtate bien. ¿De qué manera se puede reaccionar ante postura tan ambigua?

¿Qué me porte bien?, dice usted, ¿pero qué chingados es “portarse bien”? ¿Cuál chingada madre es su concepción del bien y del mal? Porque el sábado que debía disfrutar mi día libre, resulta que un pendejo que representaba el “portarse bien” destrozó mi infancia. ¿Quiere que me “porte bien” y le haga martinetes a todos mis compañeros? ¡Eh, dígame, contésteme!

Desde luego estoy exagerando, en la furia que sentí ante el choque de mi visión del mundo sólo pateé a mis compañeros, no les apliqué el martinete.

¿Me vas a romper?

Blue Panther continuaba derribado, no reaccionaba. Sin duda aquello era México, no había collarín para el hombre lesionado. A manera de seguridad le enredaron una toalla en el cuello para evitar una mayor contusión. Lo subieron a una camilla (¡vaya, sí hay!, sólo faltaba que lo subieran en una puerta) y lo bajaron con cuidado del ring. El público observaba de pie en las gradas, impactado por la situación. De pronto, Love Machine comenzó a golpear al convaleciente. La gente gritaba, las personas que cargaban al herido intentaban detener al luchador técnico, al bueno…, al gringo. Entre los golpes y jaloneos el luchador rudo cayó de la camilla. No podía creer lo que estaba sucediendo, incluso a mi corta edad yo sabía que eso no se hacía. Siendo un niño muy inquieto, las peleas con otros niños eran lo normal: ¡Ya no se le pega a alguien que está tirado ni a un chamaco chillón!  

Love Machine subió al ring, estaba por comenzar el ritual para despojarlo de su máscara. Hincado sobre el cuadrilátero, las cámaras grababan atentamente el momento de su vergüenza, de su derrota. Pero, ¿realmente perdió? ¿Blue Panther ganó? Consiguió la máscara de su rival, pero tal vez perdió la movilidad de sus piernas para siempre. La noción sobre victoria y derrota se encontraba en una convulsión total. ¿De verdad, papá? Yo sé que querías pasar el rato conmigo pero mejor hubiéramos visto otra cosa: el informe presidencial, por ejemplo, un show de hombres frente al televisor haciendo como que luchan por una causa, un documental, las noticias. Me hubiera aburrido a muerte pero mi infancia y creencia en la humanidad seguirían intactas unos años más.

Love Machine fue despojado de su máscara. Observé el rostro de la infamia, de la maldad. Pidió el micrófono, el público lo abucheaba, pero parecía no importarle. Hablaba en español, con un acento raro. No me podría importar menos lo que declaraba. La pelea había terminado y pasaban comerciales en el televisor. ¿Qué se suponía que hiciera con lo que acababa de suceder? ¿Cómo debía comportarme?

No tengo más recuerdos de ese día, no sé si fui a llorar a mi cuarto o si le puse un trapo alrededor del cuello a mi luchador de Blue Panther, simulando una toalla. Ese fue el primer choque que tuve con la lucha libre.

Veinte años después, se me hizo una buena idea entrenar para convertirme en luchador, el resultado: dos meniscos rotos por una llave que me aplicaron mal, dos operaciones para volver a caminar bien, pero esa es otra historia que tal vez cuente un día o tal vez no.

Aún amo la lucha libre, al parecer nunca aprenderé: “ya estás aquí, ya síguele”, continúa siendo uno de mis dichos ante las dudas.

Un joven luchador con sueños y esperanzas.

***
Óscar Guízar (Distrito Federal, 1985). Se supone que aquí debía poner sus logros; ante la falta de ellos, y dado que está más cerca de ser un vagabundo, pide a los lectores que lo ayuden para que esta historia llegue a su ídolo Blue Panther. Sería un honor para él que la leyera.

Fotografías de portada e interiores: cortesía del autor.

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